El siniestro.

El 16 de noviembre de 1966 tuvieron el primer susto. Mientras probaban un elemento de combustible para Lucens en el reactor Diorit de Würenlingen, se les fundió el uranio y parte de la funda de magnesio, provocando una parada de emergencia. La investigación determinó que se había debido a un aumento de potencia demasiado rápido y recomendaron que en Lucens se variase la potencia más despacito. El informe también sugería que esas barras de combustible tipo Magnox no eran muy de fiar porque presentaban problemas de corrosión y peligro de incendio. Pero a esas alturas, con la central terminada, ya no podían echarse atrás.
La central nuclear de Lucens alcanzó su primera criticidad el 29 de diciembre de 1966. Entonces se encontraron con numerosos fallos, sobre todo en el circuito de refrigeración por dióxido de carbono (gas), que exigieron otros diecisiete meses de cambios y ajustes. En particular, los dos ventiladores que debían asegurar la circulación del dióxido de carbono resultaron extremadamente problemáticos. Estaban lubricados por agua y, aunque en los bancos de pruebas habían funcionado bien, en condiciones reales el agua se infiltraba al circuito de gas refrigerante. No fue hasta mayo de 1968 que lograron mantenerla funcionando durante diez horas a dos terceras partes de la potencia nominal. Entonces, la autoridad nuclear suiza transfirió la explotación a la compañía eléctrica EOS para que comenzaran a operar.
No hubo forma. En el mes de octubre, durante las pruebas finales, volvió a infiltrarse agua en el circuito de refrigeración. Durante el siguiente mes y medio cambiaron los ventiladores y EOS obtuvo el permiso definitivo de explotación el 23 de diciembre.  No obstante, la autoridad de seguridad nuclear suiza insistía en que las barras de combustible tipo Magnoxeran muy delicadas, y que debían operar la central de 8 míseros MWe en el régimen más suave posible. Mientras, las superpotencias nucleares andaban ya peleándose con la barrera de los 500 MWe por reactor. Por su parte, Suecia se rendía ya: firmaron el Tratado de No-Proliferación, nunca acabaron su reactor R4 con el que pensaban producir plutonio militar y encargaron un reactor BWR puramente civil para la central de Oskarhamn.
Pero los suizos siguieron intentándolo, si bien para entonces la idea de producir armas nucleares iba quedando reducida a poco más que un sueño –o una pesadilla–. Estados Unidos y la Unión Soviética iban ya por los misiles balísticos intercontinentales de segunda generación con cabezas termonucleares en el rango del megatón, como el Minuteman IIo el UR-100. Simplemente, se habían quedado fuera de juego. Aún así, cuando el nuevo ministro de Defensa Nello Celioquiso finiquitar el asunto, se encontró con fuerte oposición por parte del Estado Mayor y los sectores más patrioteros yhalcones. Tan tarde como en ese mismo año de 1968, un nuevo plan hablaba de asignar entre 100 y 175 millones de francos suizos para un programa que produciría 400 cabezas nucleares de uranio quince años después. El mismo día en que se abría a la firma el Tratado de No-Proliferación Nuclear (1 de julio de 1968) en Londres, Washington y Moscú, Celio se pasó al Ministerio de Finanzas. Como si dijese “yo no quiero tener nada que ver con esta chaladura.”
El arranque definitivo de la central nuclear de Lucens fue programado para el 21 de enero de 1969, en torno a la medianoche. Muy, muy despacito, para no dañar esas barras de combustible Magnox tan delicadas. La primera criticidad se alcanzó a las 04:23 de la madrugada. Poquito a poquito, siguieron aumentando la potencia, con el propósito de alcanzar el 100% y conectar por fin los generadores a la red eléctrica en algún momento del día siguiente. Sobre el mediodía, superaron el 25% de la potencia térmica. Poco antes de las cinco y cuarto de la tarde pasaban del 40%, sin que los problemas que les habían plagado durante todos esos años se presentasen a molestar.

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